Tras cinco meses de trabajos de restauración, el famoso museo subterráneo reabre con mejoras en iluminación y ventilación, buscando equilibrar la accesibilidad con la conservación de su esencia solemne.
Durante más de dos siglos, las Catacumbas de París han atraído a turistas a un laberinto subterráneo que alberga los restos de aproximadamente 6 millones de personas. Este osario, formado por paredes y pilares de huesos, recibe alrededor de 600.000 visitantes anuales. Recientemente, una parte de este espacio ha sido sometida a una renovación necesaria para su preservación.
Durante los últimos cinco meses, un equipo de arquitectos, diseñadores, técnicos y albañiles trabajó en la restauración de esta vasta tumba. Las mejoras incluyen la instalación de nuevos sistemas de iluminación y ventilación, la restauración de las paredes de huesos y la preparación de nuevas audioguías. Algunas áreas antes sin iluminación serán ahora visibles para el público. La sección visitable, de un kilómetro y medio, reabrirá sus puertas.
El laberinto se extiende por cientos de kilómetros y fue originalmente una cantera excavada en la era romana. En el siglo XVIII, se transformó para solucionar el desbordamiento de los cementerios de la ciudad. A partir de 1785, los restos de parisinos de los siglos X al XVIII fueron trasladados a estos túneles. En el siglo XIX, bajo la supervisión de Louis-Étienne Héricart de Thury, los huesos se organizaron de forma decorativa, dando origen al museo que abrió oficialmente en 1809.
Isabelle Knafou, administradora del sitio, explicó que el objetivo de la renovación no es alterar la esencia del lugar, sino preservarlo y hacerlo más accesible manteniendo su atmósfera solemne y de respeto. «La primera prioridad es, sobre todo, preservar el sitio y mantener un equilibrio entre la visita y la conservación de los restos», afirmó.
El proyecto presentó desafíos logísticos y humanos. Mélissa Cayralat, arquitecta principal, destacó la dificultad de encontrar trabajadores dispuestos a laborar a 18 metros bajo tierra, en espacios estrechos y húmedos, rodeados de huesos. Por su parte, los albañiles Loïc Dollet y Florent Bastaroli restauraron las paredes recolocando los huesos sin usar cemento, un trabajo que, según Dollet, puede resultar angustiante al reflexionar sobre su naturaleza.
Florian Robin, técnico en iluminación que también participó en la restauración de Notre-Dame, ve este proyecto como una contribución al legado de París, «devolviendo a la vida» las catacumbas mediante una iluminación que realza el espacio. Los trabajos buscan mitigar los daños causados por dos siglos de visitas, como la humedad y el dióxido de carbono que afectaban las paredes y los huesos.
