Un análisis sobre cómo el avance tecnológico y el populismo estarían erosionando los valores ilustrados de razón, libertad y conocimiento en la sociedad actual.
Hubo un tiempo en que Europa, con sus matanzas, sus hipocresías y sus impulsos depredadores, también quiso comprender el mundo. Buscó poner orden en el caos, sustituir el dogma por la duda, el privilegio por la ley y la obediencia ciega por el imperio de la razón. Ese ideal fue la Ilustración, un movimiento que a partir del siglo XVIII hizo posible transformaciones profundas en la sociedad.
La Ilustración no fue una simple tertulia de pedantes. Fue una batalla contra la oscuridad organizada, el poder absoluto y la superstición. Una revuelta de la inteligencia contra quienes pretendían que el mundo se sometiera a una autoridad incuestionable: un rey, un sacerdote, un caudillo o una masa vociferante. Fue el momento en que el ser humano, tras siglos arrodillado, tuvo la insolencia de erguirse y proclamarse libre.
Las libertades no cayeron del cielo. Hubo que arrancarlas a quienes exigían súbditos obedientes y preguntas castigadas. Antes de que Europa aprendiera a tolerar discrepancias, la verdad se decretaba, el conocimiento llegaba filtrado y la disidencia se pagaba con fuego, cárcel o exilio. Sin embargo, poco a poco, quienes dudaban, escribían y pensaban lograron agrietar el edificio de la sumisión y la injusticia.
El proyecto ilustrado no abolió la bestialidad humana, pero dispuso herramientas para mantenerla a raya. Su error fue creer que el acceso al conocimiento y la educación engendraría ciudadanos impermeables al dogma y al fanatismo. Durante trescientos años, los libros fueron una palanca ilustrada, un ascensor moral e intelectual. Leer era salir de la mazmorra, pensar era desconfiar del amo. Pero luego llegó la televisión, que reemplazó el esfuerzo por la recepción pasiva. Ya no era necesario leer, subrayar o imaginar: bastaba con sentarse y mirar. Dejamos de aprender el mundo y empezamos a consumirlo.
Hoy, el populismo y la inmediatez digital profundizan esta tendencia. La pregunta es si estamos asistiendo al ocaso de la Ilustración o si aún estamos a tiempo de revalorizar el pensamiento crítico como herramienta esencial para la convivencia democrática.
