Recorremos la capital fueguina en invierno: el Tren del Fin del Mundo, la Laguna Esmeralda y el hotel Los Cauquenes, entre las propuestas para los viajeros que buscan el frío austral.
Estamos en la estación Fin del Mundo esperando el tren. Arriba, un cielo esponjoso que no se decide a nevar. En el andén, los viajeros alborotados fotografían las locomotoras. Como antaño, encendieron las calderas y exhalan columnas de vapor que se recortan sobre los Andes. Pronto se abrirán las puertas de los vagones y reeditaremos una parte del trayecto que emprendían a diario los reclusos del presidio de Ushuaia. Buscaban leña, elemento esencial para sobrevivir. Suena la campana: ya es hora de partir.
Unas horas antes aterrizamos en el aeropuerto de Ushuaia. El descenso en esta ciudad no es para cualquier piloto. La proximidad del mar con la montaña deja un espacio estrecho para las maniobras. Además, hay que domar el viento austral. Pero esta vez el avión se posa sobre la pista con increíble suavidad y todos aplaudimos a más no poder.
Me acompaña Nicolás Janowski, fotógrafo y artista visual, autor de Fin del Mundo / Adrift in Blue, un proyecto transmedia que explora el imaginario de Tierra del Fuego como un lugar límite, la última frontera de la civilización. Nico pasó aquí varias temporadas. Durante este viaje, sus aportes serán un precioso regalo.
Dejamos las maletas en el hotel Los Cauquenes –nuestra casa los próximos días– y partimos para abordar el tren. Vamos a probar un nuevo servicio que incluye almuerzo a bordo. La estación queda a unos 10 km de la ciudad y está repleta de turistas que hablan en todos los idiomas. Unos actores, vestidos como presos, recorren el andén haciendo de la suyas e invitan a los pasajeros a fotografiarse.
Abordamos un vagón especialmente preparado para el almuerzo. Elegimos costilla de cordero y el plato llega sobre un colchón de humita y verduras al vapor, con el punto y la temperatura justos. Así comienza nuestro viaje, un tramo de siete kilómetros que finaliza en el Parque Nacional Tierra del Fuego. Por la ventanilla desfilan los paisajes nevados mientras el tren se desliza con ese vaivén típico que parece acunarnos. Por dentro, los vagones están revestidos en madera, como en el siglo XIX.
El convoy avanza por el Cañadón del Toro, cruza el río Pipo y se detiene en la estación La Macarena. Allí, hay tiempo para una caminata breve hasta la cascada. Este era el sitio donde se abastecía de agua a las locomotoras. El primer tren funcionó hasta 1947, cuando el presidio cerró. Entonces, el recorrido se iniciaba en la ciudad y transcurría a lo largo de 24 kilómetros. A diario, los presos abordaban este servicio en busca de leña. En 1994, un empresario local, Enrique Díaz, decidió reabrir el servicio que ya era una leyenda. El tendido estaba destruido y los trenes habían desaparecido. Los que vemos hoy fueron construidos en los talleres de Carupá (Tigre); otros se importaron de Inglaterra y Sudáfrica. Las locomotoras tienen nombre propio: Camila, Zubieta, Rojas, Ing. Porta, Rodrigo y Tierra del Fuego.
Al llegar al parque, algunos optan por quedarse y continuar allí su jornada. Nosotros dejamos la visita para otro día y regresamos a la estación en tren. Al final del día volvemos a Los Cauquenes, construido a orillas del canal Beagle. El hotel fue concebido como resort & spa, un concepto que se refleja en la ambientación cálida y contemporánea. La elección de madera en pisos y algunos techos, junto con textiles cuidadosamente elegidos, le da un carácter único. Una piscina in-out climatizada tiene una vista soñada sobre el mar y es el preludio de los tratamientos de spa. Ahí nos quedamos un rato mientras cae el sol. A la hora de cenar nos esperan en el restaurante Reinamora, donde se disfruta de pesca fresca con vegetales de estación, frutos silvestres y hongos de recolección que reflejan el espíritu fueguino.
A 18 kilómetros de la ciudad de Ushuaia, a un lado de la RN 3, se inicia el camino que lleva a la laguna Esmeralda. Sabemos que no vamos a ver el color de sus inquietantes aguas. A esta altura del año está cubierta por una capa de hielo, pero el camino vale la pena. Son unos 10 kilómetros que no requieren demasiado esfuerzo, sólo pasión por caminar. Ezequiel Manzanares, de Titán Cuatro Elementos, es nuestro guía. Nos ponemos los grampines (un accesorio que se fija al calzado, con dientes más cortos que los crampones y que ayuda a desplazarse con mayor seguridad) y empezamos a andar. La nieve cruje bajo nuestros pies, un “crash, crash” muy estimulante que marca el ritmo de la marcha. El cielo es una bóveda sólida de un blanco grisáceo; por momentos cae una aguanieve helada. Atravesamos un bosque de lengas por el valle de Tierra Mayor. Cruzamos el río Lasifashaj. Más adelante entramos en el valle de la laguna Esmeralda rumbo al espejo de agua. A ambos lados del camino se observan los turbales, donde crece una variedad de musgo. Son sectores que absorben agua de los deshielos y se vuelven pantanosos en verano: demasiado húmedos para que los árboles prosperen, pero muy valiosos para el ecosistema. El mediodía nos encuentra en el domo de Titán, a unos pasos de la laguna.
