La costumbre de utilizar dos apellidos —uno del padre y otro de la madre— es común en Perú, España y la mayoría de países de América Latina. Este sistema tiene funciones prácticas y simbólicas, y su origen se remonta a la Edad Media.
En Perú y en buena parte del mundo hispanohablante, decir el nombre completo de una persona suele implicar un detalle que sorprende fuera de la región: dos apellidos. La fórmula es familiar: uno viene del padre y otro de la madre. La costumbre se repite, con variaciones, en España y en la mayoría de países de América Latina, y cumple una función práctica y simbólica a la vez.
En otros países, en cambio, lo habitual es que la identidad civil quede asociada a un solo apellido —por herencia paterna, materna o por elección—, y el resto de la filiación se resuelva con nombres de pila, segundos nombres u otros mecanismos administrativos. Esa diferencia explica por qué, al migrar o llenar formularios internacionales, muchos peruanos deben aclarar cuál de sus apellidos se considera “principal”.
No se trata solo de “tener un apellido extra”. El sistema organiza la filiación, reduce homonimias en sociedades donde abundan apellidos muy frecuentes y, al mismo tiempo, deja una marca institucional de la línea materna en la identidad. En su origen, se fue moldeando entre usos sociales, registros religiosos y decisiones estatales que terminaron fijando una regla que hoy muchos dan por natural.
¿De dónde viene la costumbre de tener dos apellidos en el mundo hispano?
Aunque en el siglo XIX se oficializó el uso estable de los apellidos con los registros civiles modernos, la tradición que explica el doble apellido en el ámbito hispano es anterior y se relaciona con una particularidad social: durante siglos, en zonas como Castilla y Aragón se mantuvo la costumbre de que las mujeres conservaran su apellido al casarse, a diferencia de lo que ocurría en gran parte de Europa, según explicó a BBC News Mundo Antonio Alfaro de Prado, presidente de la Asociación Hispagen. Esa continuidad ayudó a consolidar la noción de un apellido paterno y otro materno dentro de las familias.
En la Edad Media, sin embargo, la regla no era fija. Los apellidos podían cambiar dentro de una misma familia: hermanos con apellidos distintos, nobles que elegían el linaje que consideraban más relevante y población general identificada por oficio, origen o rasgos personales. En ese contexto, muchos apellidos terminados en “-ez” se formaron como patronímicos: Martínez, “hijo de Martín”; Rodríguez, “hijo de Rodrigo”.
El punto de inflexión llegó con el registro sistemático. En el siglo XVI, el Concilio de Trento impulsó libros parroquiales de bautizos, matrimonios y defunciones, un instrumento que también sirvió para tareas de control, como recordó el experto al mencionar cómo se rastreaban antepasados por las ramas familiares. Ya en el siglo XIX, el Estado liberal en España trasladó ese control de la Iglesia al ámbito civil, con registros destinados a ordenar la población para fines administrativos como impuestos y reclutamiento militar, de acuerdo con el relato difundido por BBC News Mundo.
Desde allí, la lógica viajó a América Latina. Aunque varios países se independizaron antes de que el registro civil español se consolidara plenamente, durante el siglo XIX siguieron esa inercia institucional y cultural, y el doble apellido se extendió en gran parte del continente de influencia española.
La función del doble apellido: identidad y reducción de confusiones
La función más visible es la identificación. En sociedades con apellidos extremadamente comunes —López, Fernández, Rodríguez, García—, el doble apellido reduce la probabilidad de confusión y mejora la precisión en trámites, padrones y archivos. En términos prácticos, añade una capa de diferenciación sin necesidad de crear apellidos nuevos.
Pero el sistema también expresa una idea de filiación: la identidad legal no queda atada solo al linaje paterno. Al incorporar el apellido materno, el nombre completo muestra de forma directa dos ramas familiares y facilita rastreos genealógicos, herencias documentales y reconstrucciones de parentesco en registros históricos.
En el mundo ibérico, además, existen variantes. En Portugal y Brasil también es común el uso de dos apellidos, con un orden frecuente en el que aparece primero el de la madre y luego el del padre, que suele ser el más utilizado en la vida cotidiana. Y hay excepciones regionales: en Argentina, según el mismo reporte, la elección puede ser más flexible en parte por el peso histórico de la inmigración europea y la diversidad de apellidos resultante.
El derecho a elegir el orden de los apellidos en Perú
En Perú, la regla base está en el Código Civil. El artículo 20 establece: al hijo le corresponde el primer apellido del padre y el primero de la madre. Es el esquema que por décadas funcionó como estándar en actas de nacimiento y documentos de identidad.
Esa lógica, sin embargo, tuvo ajustes relevantes por vía jurisprudencial. El 9 de marzo de 2023, El Peruano informó que el Tribunal Constitucional ordenó que el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (Reniec) permita a los padres determinar de común acuerdo el orden de los apellidos del menor. Si no hay acuerdo, la definición debe pasar al órgano judicial competente, con entrevista al menor para garantizar el principio de interés superior del niño, según el mismo reporte.
El fallo también estableció efectos administrativos concretos: si se acuerda o decide judicialmente que el apellido de la madre vaya primero, el Reniec debe expedir una nueva acta de nacimiento y adecuar los documentos de identificación del menor, resguardando el derecho a la identidad. Además, la sentencia exhortó al Congreso a modificar el artículo 20 para alinearlo con la interpretación jurisprudencial y fijar un mecanismo de solución ante la discrepancia de los progenitores, bajo los principios de igualdad y no discriminación por razón de sexo.
