Flavio Soppelsa, cuarta generación de una familia de heladeros, transformó el negocio familiar en un espacio de diseño integral, con sabores agrupados en familias temáticas y un local intervenido por el artista Luis Quesada.
Flavio Soppelsa se define como diseñador. Integrante de la cuarta generación de una familia que en 2027 cumplirá un siglo en Argentina, trasladó la lógica proyectual a la gastronomía. Entiende la heladería como un ejercicio de diseño integral que abarca la química de los alimentos, el food design, la arquitectura del local y el arte mendocino.
“Soy bastante estructurado, por eso siempre me he regido por categorías a la hora de crear nuevos sabores. No ha sido de un día para el otro, sino que hemos trabajado mucho y el contacto con el cliente es el que va marcando el camino”, afirmó Soppelsa.
La oferta se organiza en familias temáticas: vinos, varietales del olivo, superalimentos y botánicos. Por ejemplo, combinan aceite de oliva mendocino con chocolate o sal rosa del Himalaya, y utilizan espirulina, cúrcuma o matcha.
El local de calle Lavalle 24
El edificio, en Lavalle 24, capital mendocina, fue concebido por Natalia Soppelsa, madre de Flavio, bajo la firma Dante Soppelsa, su padre. “En diciembre de 1988, de la mano de una mujer única por su capacidad de trabajo, fuerza, coraje y decisión, Dante Soppelsa inicia su hermoso camino. Mi querida madre, en homenaje a mi padre, toma su nombre para el proyecto. Amante del arte y el diseño, Natalia construyó los cimientos de una empresa cuyas premisas fueron siempre creatividad e innovación”, relató Flavio.
El local era angosto y encajonado. Natalia, con vínculo con el arte mendocino, convocó al artista Luis Quesada. Quesada propuso un paño corrido de espejos a lo largo de la barra para multiplicar la luz natural y duplicar visualmente el ancho del salón. También diseñó un mural voluminoso con colores vibrantes sobre la otra pared, que se refleja en los espejos.
“Al armar un helado frente al imponente mural, fluye una energía especial, una inspiración que hace mágico el helado a la vista”, sostuvo Soppelsa.
El edificio tiene cuatro niveles. En el subsuelo está la sala de máquinas con un circuito cerrado de agua de refrigeración que recupera el calor de los motores mediante torres de enfriamiento en la cubierta. La planta baja aloja el salón de atención y la barra principal. El primer piso tiene el taller de elaboración y cámaras frigoríficas a 22 grados bajo cero. El segundo piso contiene depósito, oficinas y una biblioteca técnica.
La rosa como firma
Cada helado se moldea en el momento frente al cliente, con cucharas de distintas puntas para crear volúmenes tridimensionales y estructuras florales. “Fui haciendo líneas y la gente empezó a admirar lo que hacía. Lo que empezó simple se fue refinando. Creamos una forma que se parece a una rosa y hoy esa es nuestra firma, nuestro logo”, explicó.
La tradición familiar se remonta a Forno di Zoldo, en el Valle di Zoldo, Véneto, Italia. En 1927, el bisabuelo de Flavio llegó a Mendoza con su hijo Ernesto, quien a los 15 años ya vendía helados en Europa. Dante, padre de Flavio, comenzó a trabajar a los 12 años. “Mi papá arrancó a los 12 años a trabajar en la heladería; siempre fue muy tradicional y clásico, trabajaba mucho. Recién cuando se abrió el nuevo negocio incorporamos algo diferente”, recordó.
Tras la partida de Natalia, Flavio sostiene el negocio que lleva su nombre, combinando tradición con rigor técnico, y consagra sus helados como piezas efímeras del diseño mendocino.
