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Redes sociales en la infancia: el desafío de decir que no y acompañar el mundo digital

La frase «todos mis amigos tienen» aparece en muchas familias cuando un hijo pide su primera cuenta en una red social. Especialistas señalan que el límite necesita presencia adulta y una conversación previa.

«Todos mis amigos tienen». La frase aparece en muchas familias cuando un hijo pide su primera cuenta en una red social. Del otro lado, los adultos se preguntan si es el momento, cómo protegerlo y qué hacer con el enojo que provoca una negativa. La conversación parece girar alrededor de una aplicación, pero también pone en juego algo más profundo: la necesidad de pertenecer y el desafío de acompañar el crecimiento.

Decidir que un niño todavía no tenga redes puede ser una forma de cuidado. Sin embargo, ese límite necesita una presencia adulta que lo sostenga. Los contenidos digitales también circulan entre compañeros, en videos compartidos y en conversaciones cotidianas. Por eso, además de decidir sobre el acceso, se necesita abrir un espacio para hablar de lo que ven, de lo que les interesa y de aquello que los incomoda.

Escuchar el pedido y sostener el límite

Cuando un chico insiste en que todos tienen redes, puede estar expresando temor a quedar afuera de su grupo. Reconocer esa preocupación no obliga a aceptar su pedido. Se puede decir: «Entiendo que te dé bronca y que quieras compartir lo mismo que tus amigos. Por ahora consideramos que no es el momento de tener esa cuenta». La decisión se mantiene, pero su emoción encuentra un lugar.

Conviene conversar antes de que el conflicto estalle. Explicar las razones del límite y anticipar cuándo se volverá a hablar del tema ayuda a que la decisión resulte comprensible. Revisarla a medida que crece no significa prometer un acceso automático ni convertir cada discusión en una negociación.

También se necesita aceptar que un límite puede generar enojo. Acompañar no exige conseguir que los hijos estén de acuerdo con todo. Supone poder sostener una decisión sin humillarlos, descalificarlos ni retirarles la disponibilidad afectiva.

Una alternativa que tenga sentido

«Dejá el teléfono y hacé otra cosa» suele ser una indicación demasiado amplia. Si aquello que se restringe representa diversión o contacto con amigos, vale la pena preguntarse qué otras posibilidades reales tiene ese niño para encontrarse, jugar y sentirse parte.

Facilitar una reunión con compañeros, compartir un juego o acercarlo a una actividad que le interese puede darle contenido a esa alternativa. No tiene que ser una propuesta costosa ni algo que los adultos consideren especialmente productivo. Necesita tener sentido para él.

Ofrecer opciones tampoco implica llenar cada minuto o compensar cada frustración con un premio. Se trata de acompañar la búsqueda. Se puede proponer: «Por ahora esa red no, pero pensemos juntos cómo podés seguir en contacto con tus amigos». Habrá momentos de aburrimiento y desacuerdo; la presencia adulta también importa en esos momentos.

Acuerdos para acompañar el mundo digital

Cuando una familia decide permitir el acceso, el acompañamiento comienza por conocer la plataforma y sus condiciones de uso. Los adultos necesitan saber si ofrece mensajes privados, contacto con desconocidos o publicación de la ubicación. Los acuerdos sobre horarios, espacios y supervisión deberían conversarse desde el inicio.

Reservar momentos sin pantallas y cuidar el descanso puede formar parte de esos acuerdos. También conviene explicar qué se revisará en conjunto, para qué y cómo se respetará una intimidad creciente. Acompañar requiere un equilibrio entre el cuidado y la autonomía, con pautas comprensibles que puedan revisarse.

La conversación debe incluir la privacidad, el cuidado de las imágenes y la posibilidad de que una persona no sea quien dice ser. También es necesario hablar de los contenidos editados, las comparaciones y el lugar que pueden ocupar los «me gusta» en la búsqueda de aprobación.

Hay un mensaje que merece quedar explícito: si algo los asusta, los incomoda o los confunde, pueden contarlo, incluso si incumplieron un acuerdo. Escuchar primero permite comprender lo ocurrido y decidir cómo protegerlos. Si anticipan únicamente un castigo, pedir ayuda puede volverse más difícil.

Mirar lo que sucede y revisar el ejemplo adulto

La conversación sobre las redes no debería reducirse a contar minutos. También importa cómo se integran en la vida cotidiana y qué lugar queda para el descanso, los vínculos y las actividades que disfrutan. Si se observan cambios persistentes que preocupan, es preferible acercarse con preguntas abiertas antes que atribuirlos automáticamente al teléfono.

«Noté que algunos mensajes te ponen nervioso. ¿Hay algo que quieras contarme?» invita a conversar. Buscar privacidad, por sí solo, no demuestra que un adolescente esté en peligro. La atención necesita considerar el contexto y evitar que el cuidado se convierta en una sospecha permanente.

Los adultos también forman parte de esta escena. Pedir que el teléfono quede fuera de la mesa mientras se responden mensajes durante toda la comida vuelve confuso el acuerdo. Revisar los hábitos da coherencia a lo que se propone y permite construir reglas que involucren a la familia.

Se puede empezar con una pregunta sencilla: «¿Qué te gusta de lo que ves en internet y qué cosas te incomodan?». La respuesta puede abrir una conversación que ninguna configuración del teléfono reemplaza. Los controles son una herramienta de cuidado; el vínculo ofrece un lugar al que volver cuando algo sucede. Decir que no, explicar por qué y seguir disponibles también es una manera de acompañar.

Andrea Maccione
+54 9 2944684575
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Instagram: @andreamaccione.psico

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