Un grupo de viajeros argentinos emprendió una expedición fotográfica y naturalista a los parques del norte de Tanzania, para vivir la experiencia del safari y presenciar uno de los espectáculos de la naturaleza más imponentes: la migración de ñus y cebras.
Viajar a Tanzania desde Argentina implica embarcarse en un viaje en el sentido más amplio de la palabra. No es solo una cuestión de distancia geográfica –más de 11.000 kilómetros–, sino una experiencia que muchos describen como un regreso a los orígenes. La sabana africana, con sus planicies infinitas, ofrece un paisaje que parece haber estado siempre ahí.
«Hay un encaje perfecto entre el ojo humano y el paisaje. Uno no se siente nunca tan humano como en África», reflexiona Valeria Beruto, médica, escritora y fotógrafa, una de las viajeras que formó parte de esta expedición organizada desde Buenos Aires.
El viaje comenzó con un vuelo a Addis Abeba, Etiopía, y tras más de dieciséis horas de vuelo, el grupo aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Kilimanjaro. Allí los recibió Gerard, un guía local de sorprendente castellano fluido, quien los acompañaría durante toda la aventura y les enseñaría las primeras palabras en suajili: «Karibu» (Bienvenidos).
La primera parada fue la ciudad de Arusha, puerta de entrada a los grandes parques del norte del país, para luego dirigirse a la región de Ndutu, parte del ecosistema del Serengeti y del Área de Conservación de Ngorongoro. El alojamiento fue el Pamoja Migration Camp, un lodge móvil que se monta y desmonta siguiendo el ritmo de la migración de los animales y que funciona mayormente con energía solar.
Las jornadas comenzaban antes del amanecer. A bordo de vehículos de safari, el grupo pudo observar, desde los primeros minutos, jirafas caminando lentamente y elefantes organizados en matriarcados. Febrero es una época especial en Ndutu: es la «calving season», el momento en que cientos de miles de ñus dan a luz en las planicies, con más de 400.000 crías naciendo en pocas semanas.
Tras tres días, la expedición se trasladó al Parque Nacional Serengeti, uno de los ecosistemas más célebres del planeta, con una extensión comparable a la de Bélgica. Allí fueron testigos de la gran migración, donde millones de ñus y cebras cruzan en busca de pastos. El paisaje está marcado por los icónicos «kopjes», formaciones rocosas de granito que sirven de miradores naturales para los depredadores. «La casa de los ‘gatos'», explicaba Gerard. En uno de ellos, la escena fue perfecta: una leona recostada en lo alto de una roca, mirando las planicies infinitas, en una imagen que evocaba instantáneamente la majestuosidad de la vida salvaje africana.
