A pesar de la evolución táctica y la aparición de nuevas figuras, el ‘9’ tradicional mantiene un lugar clave cuando el equipo construye el juego a su favor, según se observa en varios equipos argentinos e internacionales.
El fútbol evoluciona constantemente con nuevas ideas tácticas: saques de inicio inspirados en el rugby, laterales que actúan como centrocampistas, arqueros con pie de juego y la figura del falso 9. Sin embargo, el centrodelantero tradicional, el ‘9’, conserva una vigencia innegable cuando el sistema de juego está diseñado para aprovechar sus cualidades.
En los últimos días, varios goles evidenciaron esta dinámica. Adam Bareiro en Boca Juniors, Alejo Véliz en Rosario Central, Julián Álvarez con la selección argentina y Lautaro Martínez en el Inter, marcaron tras jugadas donde fueron el destino final de una construcción colectiva. Un ejemplo local fue el clásico de Avellaneda, donde Gabriel Ávalos de Independiente convirtió una asistencia similar a la que, momentos antes, Adrián ‘Maravilla’ Martínez de Racing no pudo finalizar.
Estas jugadas, con centros o pases filtrados desde las bandas, suelen ser de muy difícil defensa para los arqueros, como les sucedió a Cambeses y Guido Herrera. La eficacia del ‘9’ depende, en gran medida, de que sus compañeros lo busquen con precisión. Rosario Central juega para que Véliz defina, al igual que Vélez Sarsfield lo hace con Florián Monzón. En Racing, Adrián Martínez sigue siendo goleador porque el equipo sabe cómo asistirlo, aunque se extraña la complicidad que tenía con Maxi Salas.
Casos como el de Miguel Merentiel en Boca o Facundo Colidio en River Plate muestran que, cuando un jugador no es un ‘9’ puro, el esquema debe adaptarse. La clave parece residir en que el centrodelantero no solo cumpla una función posicional, sino que ‘sienta’ el gol, y que el equipo genere los mecanismos para que esa conexión sea efectiva.
