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El ciudadano Rimbaud: una entrega sin concesiones al fervor visionario

Un análisis sobre la figura de Arthur Rimbaud, su genialidad temprana y la vigencia de su mirada poética en el mundo contemporáneo.

“La grandeza del poeta puede, en realidad, medirse mejor por lo que calla si a la vez intenta no silenciar lo inexpresable” (Richard Wagner).

I. La popularidad de Rimbaud excede su comprensión. Esa popularidad no proviene de su obra sino de su vida escandalosa, turbulenta y trágica. Hay, por lo menos, dos razones que explican esta asimetría. Por un lado, muchos de los efectos de lo que en su tiempo generó siguen obrando en el nuestro sin que terminemos de advertirlo. Su poesía está, aún hoy, a merced de una conciencia lo bastante difusa de lo que propone como para que podamos reconocernos en ella. Por otro, la trayectoria biográfica de Rimbaud, en especial la de sus años artísticamente productivos, refuerza uno de los mitos más estimados y menos consistentes de la época: el que asocia los años de madurez a la máxima potencia creadora.

Dejo para más adelante el análisis de la primera de estas dos razones. Voy ahora a los supuestos de la segunda. Asombra a muchos todavía que Rimbaud haya sido, antes de los veinte años, un autor genial. Este desconcierto obstruye la comprensión de la auténtica complejidad de su talento. Lo extraordinario del vigor expresivo de Rimbaud no consiste en que se haya manifestado tan temprano, sino en que haya alcanzado la envergadura que tuvo. ¿O es que hubiera sido menos “sobrenatural” que el autor de Una temporada en el infierno y las Iluminaciones fuera capaz de lo que fue a los 45 años, de haber llegado a ellos? La tergiversación, tan del gusto del sentido común, consiste, como es evidente, en desplazar el acento de la cuestión del fenómeno de la genialidad al menos escarpado y más a la mano del “momento” en que aparece. Y sin embargo ¿qué induce a creer que la genialidad debería manifestarse en la “madurez”? Nada, salvo ese criterio estrecho que supedita la hondura excepcional al paso de los años.

Hija del mismo esquematismo, aunque ubicado en el polo argumental opuesto, es la presunción de que las aptitudes creadoras son mayores cuanto más joven se es. Las obras históricamente representativas lo son –entre otras razones de igual o más peso– en la medida en que no denotan la edad de quien las crea, es decir, en la medida en que solo revelan su pujanza intrínseca. Poéticamente considerada, la de Rimbaud no fue una sensibilidad extravagante sino fruto de un temperamento innovador. El temperamento innovador siempre es capaz, con respecto a los hechos que lo afectan y lo inspiran, de elaborar una síntesis interpretativa que es más, mucho más que un síntoma o una simple impugnación de los males de su tiempo: es un retrato y una propuesta. André Gide dijo lo indispensable sobre la irrelevancia de “los bellos sentimientos” y las nobles intenciones en literatura. No es preciso añadir nada más al respecto.

II. Voy ahora a la primera de las dos razones a las que me referí inicialmente: la que entiende que la lectura que de su tiempo realizó Rimbaud se enlaza esencialmente con el nuestro. En Rimbaud fue muy honda la convicción de que el arte era una perspectiva privilegiada para acceder a la comprensión de los dilemas que entendía como sustanciales. Puede, por eso, decirse que, durante los brevísimos años en que escribió, trabajó sin pausa por la educación de su mirada. La meta que se fijó, en respuesta a las imposiciones de su sensibilidad, fue la de llegar, a través de la poesía, a hacer de la suya una voz elocuente de los signos esenciales de su tiempo. Supo ver que la real inscripción de un hombre en su época no es un hecho natural, fruto de azares cronológicos, sino un arduo triunfo del discernimiento.

Tal comprensión es infrecuente. La inmensa mayoría de nosotros atravesamos el período en que nos toca vivir, pero no pertenecemos protagónicamente a él porque no alcanzamos más que a padecer sus conflictos o a disfrutar de sus posibilidades sin acceder a esa visión de conjunto sobre su sentido que se llama conciencia histórica. En Rimbaud este acceso tuvo lugar. Su poesía es una notable síntesis interpretativa de las tensiones en que se debate el hombre de la modernidad tardía, ese hombre que aún respira en nosotros. Hace ya mucho, el pintor Noe Nojechowicz, conocido como surrealista, me dijo frente a su caballete: “¿Surrealista? No sé. Yo miro por la ventana y pinto lo que veo. Creo que soy realista”. Es así: siempre se pinta lo que se ve. Y se ve siempre según como se mire. Pero –y ya lo sabían los griegos– las cosas que se observan y meditan están, para bien o para mal, fatalmente condicionadas por criterios donde se enhebran lo personal y lo epocal. Sin ellos no podríamos discernirlas como fenómenos dignos o indignos de nuestra atención. Cuando Rimbaud observa el escenario que le ofrece el convulsionado siglo XIX en su segunda mitad, capta algo que para nosotros, sucesores suyos del XX y del XXI, habría de ser primordial: que las drásticas fronteras trazadas por el prejuicio entre la presunción de suficiencia de la razón y el –en apariencia– estéril reino de lo irracional, no son en absoluto convincentes.

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