En un mundo acelerado, la lectura se impone como una necesidad interna que trasciende modas y tecnologías. Exploramos el acto de leer desde la experiencia personal y su valor como refugio y descubrimiento.
Hay momentos en los que uno no puede hacer otra cosa que abrir un libro y ponerse a leer. Es una orden interna, una necesidad. Nuestro cerebro, nuestro cuerpo, nuestro instinto de supervivencia nos indican que debemos hacerlo. Puede ser un libro cualquiera, uno de ensayos, de autoayuda, de viajes. Yo prefiero literatura, pero según. Además, tengo un concepto de la literatura donde entra casi todo lo escrito, si bien se mira o se lee. Y la clave es cómo se lee. O para qué. Ya lo adelanté, porque es preciso.
Dicen que los navegantes portugueses del siglo XVI, o los mejor llamados de la Era de los Descubrimientos, tenían un lema: “Navegar es preciso, vivir no es preciso”. Sospecho que se trata de eso. Y en parte por eso de los descubrimientos, claro. En el sentido de correr un velo, desplazar lo que estaba cubierto. Pasar la página, pero no para dejarla atrás, sino para entrar en ella. Leer es preciso. Vivir, también, para leer.
No afirmo que la vida es eso que ocurre entre libro y libro. O, como dijo Emerson, “cuántos libros y qué poco tiempo”. No, la vida es cosa seria. No es ninguna distracción, ni nada que uno pueda perderse. Esto no lo discuto. Solo que a veces hace falta ponerse a leer. La vida misma nos pide que nos pongamos a leer. El despistado lector preguntará para qué. No seré yo quien se lo diga. Ya se han hecho demasiadas campañas acerca de las bondades de la lectura. Casi todas tienen razón y casi ninguna ha servido. Si hay que explicar un chiste es que el chiste es malo o el interlocutor un lelo. En cualquier caso pierde la gracia. Y acá hablo de la gracia de la lectura.
Porque se lee por montones de razones, pero sobre todo para entrar en estado de gracia. También para aprender, pero esta razón tiene sus objetores. Que no hay como la experiencia propia, que con los adelantos tecnológicos ponerse a aprender algo en un libro es perder un tiempo precioso, eso dicen. Tontos hay en todos lados, con y sin experiencia, y con y sin inteligencia artificial. Otra de las razones es que ensancha nuestra visión del mundo, nos ayuda a asomarnos a la verdad de otras personas, y eso nos enriquece. O nos fortalece en moral. No lo sé. Eso es también discutible. Porque cada lector es uno, y su experiencia de lectura también será única, aunque hayan leído el mismo libro que su colega. De una lectura se sale sabio, pero algunos han salido locos, como sabemos por haberlo leído.
Sin embargo el impulso de leer es de los mejores que podemos sentir. Es, literalmente, un arranque que nos saca de nuestra vida y nos coloca en otro lugar, que no es sino nuestra propia mismidad. Olvidados de sí, y para sí, de una forma tan paradójica como certera. Si las cosas van mal, si estamos solos, si nos sentimos a gusto, si queremos apurar las horas con provecho, si queremos algo para soñar o para contar, ahí está el libro.
