La morosidad del sistema financiero argentino subió en marzo al 11,5%, un nuevo récord desde 2004, aunque el incremento mensual fue el menor en un año. Datos de abril sugieren una mejora, según analistas.
La morosidad del sistema financiero argentino volvió a subir en marzo, pero a un ritmo sensiblemente menor que en los meses previos, lo que alimenta la expectativa de que el ciclo de deterioro crediticio está llegando a su fin. Esto se daría de la mano de una baja de la inflación, que ayudaría a recomponer los salarios reales, sumado a una caída en las tasas de interés.
Según un procesamiento de la consultora 1816 sobre datos de la Central de Deudores del Banco Central (Cendeu), la irregularidad en el crédito a familias subió del 11,2% en febrero al 11,5% en marzo, un nuevo récord desde 2004, pero se trata del incremento mensual más pequeño en un año. La irregularidad en el crédito a hogares era de apenas 2,5% en octubre 2024; es decir, se multiplicó por casi cinco en menos de un año y medio.
“Hay un fenómeno novedoso en la economía local, en el que el PBI crece, pero le cuesta derramar en amplios sectores de la sociedad (los datos de salarios y empleo sugieren exactamente lo mismo)”, analiza 1816.
Para las empresas, la mora pasó del 2,9% al 3,1%, y en el sector empieza a preocupar la irregularidad entre las pymes. Estos datos se deberían confirmar a fin de mes, cuando el BCRA publique el informe de bancos.
El presidente del Banco Central, Santiago Bausili, ofreció días atrás su diagnóstico sobre el origen del problema. “La primera ola de créditos fue otorgada, de alguna manera, a ciegas, sin saber a quién se le estaba prestando el dinero”, dijo. La expansión del crédito fue vertiginosa en el inicio del gobierno de Javier Milei, lo que fue el principal motor de la reactivación económica. Entre mediados de 2024 y 2025, los préstamos privados saltaron del 4% al 12% del PBI, sin que el sistema contara con la información crediticia necesaria para discriminar adecuadamente el riesgo.
Los bancos debieron reconstruir sus bases de datos; los tomadores, aprender a operar en un esquema sin topes artificiales a las tasas ni una inflación que licuaba las últimas cuotas. El resultado fue un salto de la morosidad que sacudió al sector.
La explicación, sin embargo, es multicausal. A los errores propios del proceso de aprendizaje bancario se sumó la volatilidad de tasas que se registró a mediados de 2025, previo a las elecciones legislativas, que encareció fuertemente el costo del crédito en un momento en que muchas familias ya cargaban con cuotas elevadas. Un factor adicional fue el rol de la llamada banca en la sombra —entidades no bancarias que otorgan financiamiento sin licencia formal—, cuyo desempeño fue peor: la mora en ese segmento alcanzó el 30,1% en marzo, contra el 11,5% de las entidades reguladas, según la consultora 1816.
La lógica es clara: cuando la irregularidad supera el 30%, ninguna tasa por alta que sea puede compensar el costo de los incobrables, y el modelo de prestarle caro a quien probablemente no pague termina siendo autodestructivo. Los bancos, en parte, sacaron esa conclusión antes. En lugar de subir tasas para compensar el riesgo, optaron por reducir los límites crediticios y ser más selectivos. El resultado es que las tasas activas bancarias subieron menos que las del sector no bancario, y la mora regulada, aunque elevada, muestra signos de estabilización.
Bausili confirmó que algunos bancos vieron su pico en enero, otros en febrero y otros en marzo. “El nivel de deterioro de la cartera se desacelera, y la información que anticipan marzo y abril muestra mejoras adicionales. El sistema se está saneando”, señaló.
El diagnóstico del sector es que no hay un problema de sobreendeudamiento masivo, sino todo lo contrario: la Argentina sigue siendo un país con escaso acceso al crédito. Con préstamos privados en torno al 12% del PBI, hay margen para crecer. Economías comparables, como Chile y Brasil, superan el 60% del PBI. En el país, el crédito podría alcanzar el 18% del PBI en los próximos años, aunque ese proceso se daría gradualmente entre 2027 y 2028, no en el corto plazo, estiman en el sector bancario.
Lo que no se repetirá, al menos en la misma escala, es la explosión de 2024. Las entidades trabajan hoy con sistemas de scoring más afinados, mayores controles y una visión más conservadora del riesgo. En paralelo, persisten restricciones estructurales que limitan el desarrollo: la normativa vigente —un decreto de 2002 ratificado en una ley de presupuesto de 2010— prohíbe el crédito en dólares salvo para empresas exportadoras, lo que concentra ese segmento en un puñado de sectores. Y mientras los bancos prestan el 90% de los depósitos en pesos, en dólares ese porcentaje cae al 50%.
En ese contexto, el desafío más inmediato es distinto: evitar que el episodio de mora dañe el crédito futuro. Los bancos están refinanciando caso a caso, estirando plazos, ofreciendo meses de gracia y priorizando la negociación individual por sobre la ejecución. La lógica es simple: los bancos quieren cobrar, no que el deudor caiga. Y en esa negociación silenciosa, caso a caso, el sistema financiero intenta dejar atrás uno de los episodios de mora más complejos de los últimos años.
