Un análisis sobre la crisis de credibilidad en la clase política y las instituciones argentinas, y el dilema social entre descreer o apostar por un cambio.
El dilema de Hamlet parece pequeño frente a la realidad argentina actual. La disyuntiva existencial del ciudadano común ya no es ‘ser o no ser’, sino algo más terrenal y doloroso: creer o no creer. Frente a una clase política que ha transformado la representación pública en un negocio privado, el escepticismo dejó de ser una postura filosófica para convertirse en un instinto de supervivencia.
En las últimas dos décadas, los argentinos han sido testigos de una devaluación de la palabra. La confianza, pilar invisible pero indispensable de cualquier pacto democrático, fue dinamitada por quienes juraron defenderla. El descreimiento generalizado no es un capricho sociológico, sino la consecuencia lógica de un sistema viciado. Escándalos frecuentes han anestesiado la capacidad de asombro, y las tramas de corrupción evolucionaron con el mismo resultado: el enriquecimiento ilícito de unos pocos a costa del empobrecimiento de la mayoría.
La Justicia, que a veces actúa con celeridad en ciertos casos, pero se vuelve lenta o cómplice en otros, permitió que la corrupción pase de ser la excepción a ser el procedimiento estándar. La impunidad como norma erosiona cualquier atisbo de fe en las instituciones. Los discursos de sacrificio exigidos al ciudadano contrastan con los privilegios de quienes ocupan el poder, evidenciando un cinismo retórico. Quizás lo más imperdonable no sea solo el robo del erario público, sino el desprecio por el ciudadano.
Existe una desconexión abismal entre la dirigencia y la calle. En campaña, el político se disfraza de vecino empático, pero tras los comicios se activa una amnesia selectiva. La apatía de la clase política hacia sus votantes es total. Se gobierna desde una burbuja, de espaldas a la inflación que tritura salarios, la inseguridad y la falta de oportunidades. La política se ha convertido en una aristocracia de funcionarios que solo buscan perpetuarse en el poder.
No creer es la reacción natural ante un Estado fallido y una dirigencia cínica. Sin embargo, el autor elige creer, no en una promesa de campaña, sino en la capacidad de una sociedad que tarde o temprano exigirá que su destino esté a la altura de su fe. El gran desafío de la Argentina no es solo estabilizar su economía o cerrar la grieta, sino lograr que surja una dirigencia que entienda que el poder no es un cheque en blanco, sino una responsabilidad.
