El 2 de julio de 1931 fue ejecutado en Alemania Peter Kürten, conocido como el «Vampiro de Düsseldorf». Su caso conmocionó a Europa por la brutalidad de sus crímenes y dejó un legado en la criminología tras el análisis de su cerebro.
El 26 de mayo de 1883 nació en Colonia, Alemania, Peter Kürten, quien décadas después sería conocido como el «Vampiro de Düsseldorf». Su historia criminal abarcó asesinatos, ataques violentos y una obsesión por la sangre que llevó a la ciencia a estudiar su cerebro tras su ejecución.
Kürten creció en una familia numerosa y pobre. Su padre, alcohólico, ejercía violencia física y sexual contra su esposa e hijos. Según declaraciones posteriores del propio Kürten, estas experiencias marcaron su infancia. A los nueve años intentó ahogar a dos compañeros de escuela y comenzó a matar animales, especialmente degollándolos para observar la sangre.
Durante su adolescencia delinquió con robos y pasó por reformatorios y cárceles. Desarrolló conductas que los investigadores identificaron como parte de la «tríada homicida»: crueldad animal, piromanía y violencia temprana. Su primer asesinato reconocido ocurrió en 1913, cuando mató a una niña llamada Christine Klein en un bosque. El crimen no fue resuelto en ese momento.
La Primera Guerra Mundial interrumpió su actividad criminal. Fue reclutado por el Ejército alemán, pero desertó. Durante años alternó trabajos menores, delitos y estadías en prisión. Entre 1929 y 1930, en Düsseldorf, cometió una serie de asesinatos y ataques con martillos, apuñalamientos y agresiones sexuales. Las víctimas eran elegidas al azar: mujeres, hombres y niños. La prensa alemana cubrió los hechos con detalles sangrientos, y el miedo se expandió entre la población. El apodo «Vampiro de Düsseldorf» surgió por las mordeduras halladas en varias víctimas y por la fascinación que Kürten manifestaba por la sangre humana.
La policía alemana desplegó un operativo masivo. Se interrogó a miles de sospechosos y se revisaron antecedentes psiquiátricos y criminales. Kürten estaba casado con Auguste, quien durante años dijo no sospechar de sus actividades. En 1930, una sobreviviente aportó una descripción del atacante, y Auguste denunció a su marido, declarando que él le había confesado varios crímenes. Kürten fue detenido el 24 de mayo de 1930.
Durante los interrogatorios confesó decenas de delitos: asesinatos, incendios provocados, agresiones sexuales y ataques fallidos. Los psiquiatras observaron una combinación de inteligencia, sadismo y aparente normalidad psicológica. El juicio comenzó en abril de 1931 y fue seguido por la prensa internacional. Kürten se mostró tranquilo y respondió preguntas con precisión. Los médicos forenses concluyeron que comprendía perfectamente sus actos.
Fue declarado culpable de nueve asesinatos y siete intentos de homicidio. La sentencia fue pena de muerte. El 2 de julio de 1931 fue ejecutado en la guillotina en la prisión de Klingelpütz, en Colonia. Tenía 48 años. Antes de morir preguntó si podría escuchar el sonido de su propia sangre al brotar de su cuello tras la decapitación.
Tras la ejecución, las autoridades permitieron que su cerebro fuera extraído y conservado para investigaciones científicas. Psiquiatras, neurólogos y criminólogos lo analizaron en busca de anomalías físicas que explicaran su conducta, dentro de la corriente de la criminología biológica. No encontraron deformaciones, lesiones o señales de degeneración neurológica evidentes. El cerebro parecía estructuralmente normal. Este resultado impulsó a los especialistas a estudiar más profundamente el trauma infantil, la psicopatía, el sadismo sexual y los trastornos de personalidad.
El caso de Peter Kürten influyó en el desarrollo de la psiquiatría forense y la criminología moderna. Su historia inspiró películas, novelas, documentales y estudios académicos, entre ellos la película «M», dirigida por Fritz Lang en 1931. A más de un siglo de su nacimiento, el caso continúa siendo referente en investigaciones sobre asesinos seriales.
