Con fuegos artificiales tricolores en la Torre Latinoamericana, drones sobre Chapultepec y aficionados de todo el mundo reunidos en el Ángel de la Independencia, la Ciudad de México vivió una noche de fiesta antes del arranque del Mundial 2026.
La Torre Latinoamericana se vistió de los colores patrios en la noche del 10 de junio para recibir el arranque del Mundial 2026, mientras el cielo en distintos puntos de la Ciudad de México se llenó de fuegos artificiales y drones a pocas horas del pitazo inicial en el Estadio Ciudad de México.
Desde la punta del edificio del Centro Histórico, una lluvia de pirotecnia verde, blanca y roja disparó hacia el cielo nocturno. Los ventanales proyectaron una cuenta regresiva con números de dimensiones monumentales, y los laterales de la fachada lucieron franjas tricolores iluminadas. Transeúntes y visitantes se detuvieron en las calles del centro para mirar el espectáculo.
En otro punto de la capital, cientos de drones formaron figuras sobre el cielo del Bosque de Chapultepec. Entre las imágenes que se construyeron en el aire destacó la silueta dorada de la Copa del Mundo y la bandera de México con un águila dorada en el centro. El espectáculo convirtió la oscuridad del parque en una pantalla a cielo abierto.
El Estadio Ciudad de México también fue escenario de una coreografía aérea. Los drones trazaron el nombre de la FIFA y las figuras de las tres mascotas oficiales del torneo: Maple, Sayu y Clutch, cada una acompañada de las letras de sus respectivos países anfitriones, México, Canadá y EEUU.
A los pies del Ángel de la Independencia, la celebración tomó otra dimensión. Aficionados llegados de distintos países, junto con mexicanos de toda la república, comenzaron a concentrarse en el Paseo de la Reforma con camisetas de sus selecciones, banderas y la euforia de quienes esperaron cuatro años para este momento.
La escena en el monumento de Reforma resumió la magnitud del evento: en unas horas, la Ciudad de México abrirá la Copa del Mundo ante sus propios ojos. El partido inaugural enfrentará a México contra Sudáfrica en el Estadio Ciudad de México, el mismo recinto que en 1970 y 1986 ya fue testigo de la fiesta del fútbol mundial.
La Torre Latinoamericana, construida en 1956 y referencia del horizonte capitalino desde hace siete décadas, se convirtió en la imagen de la noche previa al torneo. Su participación en los festejos marcó el tono de lo que espera a la ciudad en las próximas semanas: un Mundial que, por primera vez en cuarenta años, vuelve a jugarse en suelo mexicano.
El edificio de 44 pisos y 182 metros de altura, ubicado en la esquina de Madero y Eje Lázaro Cárdenas, abrió sus puertas el 30 de abril de 1956. El rascacielos fue el más alto de México durante casi 27 años y, al momento de su apertura, ocupaba el lugar 45 entre los edificios más altos del mundo. Era también el más alto de toda América Latina y el cuarto fuera de Nueva York.
La construcción comenzó en 1948 bajo el diseño del arquitecto Augusto H. Álvarez y la ingeniería de los hermanos Leonardo y Adolfo Zeevaert, con la consultoría del estadounidense Nathan M. Newmark, uno de los padres de la ingeniería sísmica. El reto era monumental: levantar el edificio más alto de la región sobre el antiguo lecho del lago de Texcoco, un suelo blando, arcilloso y propenso a los temblores.
La solución fue una cimentación de 361 pilotes de concreto hundidos 33 metros bajo tierra, sobre una capa de arena compacta. El sistema permite que la base del edificio funcione como una caja flotante, de modo que la torre no se hunde —fenómeno que afecta a decenas de construcciones del Centro Histórico— sino que literalmente flota sobre el subsuelo.
