Norma Ramírez abrió en mayo de 2025 el restaurante La Fritanga en Las Vegas, Estados Unidos, un emprendimiento familiar que emplea a 13 personas y ofrece platos típicos nicaragüenses a pocos minutos del Strip.
La vida de Norma Ramírez dio un giro inesperado en mayo de 2025, cuando abrió las puertas de La Fritanga en Las Vegas, Estados Unidos. El restaurante, que hoy cuenta con 13 trabajadores —incluidas varias hijas, un nieto y empleados hondureños y salvadoreños— nació tras años de trabajo precario, enfermedades y la determinación de mantener vivas las tradiciones nicaragüenses en una ciudad repleta de casinos y hoteles de lujo.
Ubicado a pocos minutos del Strip, el local ofrece platos típicos como fritanga mixta, nacatamales y gallo pinto. El plato fuerte, pensado para dos personas, reúne gallo pinto, tajadas de plátano verde, maduro frito, queso y carnes, por USD 31 con impuestos. Además, los fines de semana un food truck en North Las Vegas amplía el alcance de su cocina.
Según Confidencial.digital, la historia de Norma Ramírez es también la de un emprendimiento familiar y una travesía migratoria que comenzó en 1990, cuando partió de Nicaragua después de casarse y convertirse en madre de ocho hijos.
El inicio de una travesía migratoria y familiar
La enfermedad de su esposo la obligó a asumir por completo la economía familiar. Dejó a sus hijos pequeños al cuidado de su madre y se marchó primero a Guatemala, donde vivió cinco años, y luego a México. Allí, una familia la contrató como niñera y la ayudó a cruzar la frontera hacia Estados Unidos.
En 1996 llegó a Las Vegas, pero la familia para la que trabajaba regresó a México y Ramírez quedó sola. Describe esa etapa como la de “un barco a la deriva sin dirección”. El apoyo llegó de una mujer mexicana que le dio alojamiento y la animó a quedarse en la ciudad. Así, Ramírez encadenó empleos en la construcción, cadenas de comida rápida, hoteles y el cuidado de ancianos, hasta fundar su propia empresa de limpieza.
La decisión de abrir La Fritanga tiene origen en una historia de superación personal y en el deseo de ofrecer un espacio de identidad y encuentro para migrantes de diferentes países, al tiempo que se convierte en una fuente de empleo para la comunidad.
Salud, fe y perseverancia en el camino gastronómico
Durante 15 años, la salud de Ramírez estuvo marcada por diagnósticos complejos. En 2011 fue operada de un precáncer de colon. En 2020, tras superar el covid-19, le detectaron tumores pulmonares y, poco después, fibromialgia. “Es vivir con dolor 24-7. Días que no te pueden ni dar un abrazo”, relató a Confidencial.digital. En 2026, recibió un diagnóstico de cáncer de esófago, aunque en etapa temprana. A pesar de todo, sigue levantándose cada día a las 5:00 am para liderar la cocina, apoyada por un equipo familiar y multicultural. “Gracias a Dios que tengo un buen equipo”, reconoce, valorando el apoyo de sus hijas y colaboradores que la cuidan cuando el tratamiento la debilita.
La fe constituye el pilar principal de su resistencia. “Mi fe ha sido puesta en Dios. Él es el que tiene la última palabra”, afirma Ramírez, uniendo su cotidianidad entre la cocina y los controles médicos.
De los negocios previos al impulso definitivo
El camino hacia el restaurante propio comenzó mucho antes. Entre 2010 y 2014 gestionó “Doña Norma Restaurant”, pero la carga laboral la obligó a cerrar. La muerte de su madre en 2014 la sumió en una depresión. Entre 2015 y 2017 trabajó en el restaurante “La Bahía” y en 2018 colaboró en la apertura de un local en Los Ángeles antes de regresar a Nevada, como detalló Confidencial.digital.
La propuesta de Francis Zelaya, a quien considera una segunda hija, fue el impulso definitivo para inaugurar La Fritanga en 2024. “A mí me tiran a una cocina y me siento como rana en su charco”, resume Ramírez sobre su vocación.
El primer día enfrentó dificultades: platos desechables, desorganización y críticas que la llevaron al hospital por estrés. Con el tiempo, el menú creció hasta incluir chancho con yuca, vigorón, sopas, filetes y una variedad de postres y bebidas tradicionales. El food truck, presente los fines de semana, refuerza el vínculo con la comunidad migrante y convierte a La Fritanga en un punto de encuentro donde cada plato representa una historia de esfuerzo, raíces y perseverancia.
