La falta de combustible en Cuba llevó al gobierno a reducir drásticamente los servicios de trenes y autobuses estatales, limitando los viajes interprovinciales a casos de emergencia.
La entrada en vigor de restricciones severas al transporte interprovincial en Cuba el jueves dejó a millones de personas ante una realidad marcada por la escasez de combustible, donde los pocos asientos disponibles en trenes y autobuses estatales se asignan solo a quienes enfrenten emergencias médicas, funerales u otras situaciones críticas.
La falta de combustible paralizó casi por completo el transporte público en la isla de 9,6 millones de habitantes. Las estaciones de servicio se encuentran vacías y la movilidad diaria se volvió una travesía incierta para la mayoría de los cubanos, que, en ocasiones, utilizan bicicletas.
Desde ahora, los trenes que conectan La Habana con ciudades del este solo circularán cada 16 días, en contraste con las tres frecuencias semanales previas. El servicio de autobuses estatales, que antes ofrecía viajes diarios entre la capital y las provincias, se limitará a entre una y tres salidas semanales.
Quienes necesitan trasladarse deben solicitar sus pasajes con una semana de antelación y se aplicará un sistema de prioridades. Según el viceministro de Transporte, Luis Ladrón de Guevara, no será necesario tramitar permisos especiales para viajar.
Las nuevas restricciones al transporte público cubano responden a la escasez extrema de combustible, que redujo la circulación de trenes y autobuses a niveles mínimos. Los asientos en estos servicios estatales se reservan exclusivamente para situaciones de emergencia, dejando a la mayoría de la población sin opciones viables para desplazarse dentro del país.
El presidente cubano Miguel Díaz-Canel anunció durante una transmisión televisiva de la dirección del Partido Comunista que su administración buscará “impulsar el transporte eléctrico vinculado a fuentes renovables”. Sin embargo, los cubanos también sufren una crisis energética que afecta a los hogares y las comunicaciones en la isla.
La posibilidad de viajar en Cuba depende ahora casi por completo del sistema estatal de transporte, del que dependen millones de personas. Los taxis y camiones privados siguen operando, pero sus tarifas —hasta 200 veces superiores a las estatales— los hacen inaccesibles para la mayoría.
A las puertas de una oficina de venta de pasajes en La Habana, Madelaine Montero, de 51 años, esperaba con ansiedad poder trasladar a su padre, enfermo de cáncer y de más de 80 años, hasta su casa en Granma, a 750 kilómetros de distancia. “Debe estar allá 20 días antes de su próxima consulta para hacerse pruebas, de lo contrario no puede recibir tratamiento”, relató a la agencia AFP.
José Manuel García, de 60 años, buscaba regresar a Santiago de Cuba, enfrentando el riesgo de interrumpir su tratamiento ocular. El paciente, que es ciego de un ojo y recibe atención por un desprendimiento de retina en el otro, expresó su temor: si el viaje sigue “tan difícil”, podría perder el acceso a la atención médica que solo recibe en la capital.
La desaparición casi total de los ómnibus urbanos en La Habana forzó a muchos a caminar largas distancias al trabajo o la escuela bajo temperaturas de hasta 40ºC. La desesperación por moverse es tal que, en las salidas de la ciudad, decenas de personas hacen señas a los autos y muestran fajos de billetes para intentar conseguir un lugar en cualquier vehículo.
El precio del combustible en el mercado informal, que ronda los 8 USD por litro, hace que un simple trayecto en taxi pueda consumir el salario completo de un trabajador estatal. “El transporte está pésimo”, resumió Alexi Martínez, empleada de Salud Pública de 56 años. “Casi todo mi salario se va en pagar transporte en camión para visitar a mi madre”, agregó.
Para Julio César Padrón, chofer de un camión adaptado con 40 asientos, los altos precios obligaron a muchas personas a quedarse en casa. “Con los precios tan altos (…) la gente se queda en la casa”, lamenta, señalando cómo la crisis afecta la vida diaria.
Las nuevas restricciones han generado también la separación de familias. Guadalupe Pérez, de 54 años, llegó a La Habana en tren desde Holguín justo antes de que entraran en vigor las limitaciones. Al despedirse, confesó dejar “al resto de familiares y de todo” en su tierra natal, sin ninguna certeza de cuándo podrá regresar.
(Con información de AFP)
