El 26 de junio de 1910, una bomba detonó en el Teatro Colón de Buenos Aires durante la representación de la ópera Manon. El estallido causó heridos y desató el pánico entre los asistentes.
En 1910, Buenos Aires conmemoraba el Centenario de la Revolución de Mayo con una serie de festejos. El Teatro Colón, inaugurado en su ubicación actual en 1908, funcionaba como emblema de la modernidad cultural de la Argentina. En ese período, el país atravesaba un clima de conflictividad social, con reclamos de organizaciones obreras por mejores condiciones laborales y oposición a la Ley de Residencia. El gobierno de José Figueroa Alcorta había declarado el estado de sitio y ejercía presión sobre grupos socialistas y anarquistas.
El domingo 26 de junio de 1910, a las 21:50, mientras el público se acomodaba para la función de la ópera Manon de Jules Massenet, una explosión sacudió la sala. El artefacto detonó en la fila 14 de la platea, entre las butacas 422 y 424, que estaban vacías. Esquirlas alcanzaron a espectadores cercanos. Según la revista Caras y Caretas, la niña Susana Escalada, ubicada en la butaca 420, sufrió heridas en el rostro, y Lucrecia Escalada, en la butaca 418, recibió un corte por un balín. Otros asistentes resultaron heridos durante la evacuación.
Ante la confusión, el teniente de bomberos Nicanor Viñas solicitó a la orquesta que interpretara el Himno Nacional para evitar una estampida. La soprano Rosina Storchio y el tenor Giuseppe Anselmi descendieron del escenario. Médicos y practicantes de la Asistencia Pública ingresaron al teatro para atender a los heridos, mientras ambulancias tiradas por caballos circulaban por la entrada destinada a carruajes.
La policía detuvo a cerca de un centenar de personas en las horas posteriores, aunque la mayoría fue liberada por falta de pruebas. Dos anarquistas, Juan Romanoff y Salvador Denuncio, quedaron demorados, pero nunca se demostró su participación. Los autores materiales del atentado no fueron identificados.
Tras el hecho, el gobierno impulsó la Ley de Defensa Social, que reforzó el control sobre el anarquismo, restringió el ingreso de extranjeros considerados peligrosos y amplió las facultades del Estado para detener y expulsar militantes obreros.
