Una periodista relata el encuentro casual con un taxista que la llevó a recordar una velada inolvidable junto a Diego Maradona y Lionel Messi en 2005.
Tuvo la deferencia, con esa maestría que dan los años al volante, de frenar a milímetros del cordón. El taxi olía estupendo y la calefacción llegaba hasta el asiento trasero como un abrazo. A esa hora del sábado -¿o ya era domingo?-, con el termómetro ensañado entre el uno y el cinco, cualquier lugar cerrado era una gracia divina. Así que no me importó que me diera esta bienvenida: “Disculpe, señorita, ¿le molesta que fume? Ando un poco nervioso”.
Como a esta altura siento una simpatía instantánea por cualquiera que se dirija a mí como “señorita”, no solo le permití al buen hombre fumar. También entendí que, debajo de esa cabellera cana bien peinada y esos dedos largos que rozaban el volante sin ceñirse a él -gesto inequívoco de un profesional- había un personaje colorido con ganas de hablar, y accedí a la escucha.
“¿Qué hace con este frío en la calle? Yo estaría en la cama mirando la tele”, siguió. “¿No vio el partido de Francia y Paraguay? Esos franceses quieren volver a jugar con nosotros…”.
Le conté que no había llegado a ver el desenlace del juego, que lamentaba que Paraguay hubiera quedado afuera y -soy periodista, no pude resistirme- le pregunté cómo veía a la Argentina. “Los muchachos juegan bárbaro”, avaló, con esa determinación que da la universidad de la calle. “Me gustan todos. Pero este Messi es una locura… A mí me emociona lo que pasa con él porque, bueno, usted a lo mejor no lo vio jugar, pero a mí Messi me recuerda a Maradona”.
Segundo cumplido de la noche. El señor taxista volvía a tratarme de “señorita” al poner en duda si yo había visto jugar a Diego Armando. Respondí que, por suerte, tengo recuerdos vívidos de las tres estrellas ganadas, y que, más allá de la pelota, aquí se impone el corazón: quiero mucho a Lionel Messi por ciertas razones, y quiero impetuosamente a Diego Maradona, por otras. “¡Claro!”, adhirió. “Porque Messi es una cosa, y Maradona era otra cosa… Son cosas distintas, ¿vio? Pero parecidas”.
Ahhh, era evidente que la maravillosa, indestructible sabiduría popular viajaba con nosotros en esa noche gélida, por Carlos Pellegrini hacia el Bajo… Y ahí nomás, un largo semáforo nos detuvo frente a un hotel porteño donde una madrugada, hace 20 años, la pasajera de este taxi perfumado, a quien el conductor insiste en llamar “señorita”, tuvo una epifanía en las alturas de un piso 23, con las dos leyendas más grandes de nuestro fútbol.
A fines de 2005, por cuestiones de la profesión y del destino, asistí con credencial VIP -tenía “carnet de novia” de uno de los realizadores- a la avant première del documental Amando a Maradona. El Diez no solo había accedido al rodaje, sino que apareció en el multitudinario preestreno flanqueado por su familia -Don Diego, Doña Tota, Dalma, Gianinna, Claudia…-, amigos y personalidades del deporte.
Después de la función, el protagonista insistió con un festejo. Así fue que unos pocos terminamos en ese piso 23, tan cerca del cielo, celebrando con D10S.
De esa noche, como postales antiguas, recuerdo esto: a un Diego Maradona sin desbordes, radiante -eran los tiempos de su exitoso programa en TV-, bailando con esa gracia que lo hacía único. A unas adolescentes Gianinna y Dalma, dejando la fiesta a regañadientes luego de que Papá Diego, como cualquier padre del mundo, las mandara “a la cama porque era tarde”. Y a un chico jovencísimo, que andaba por ahí con cara de bueno, hablaba poco y encarnaba una timidez infinita. Era rosarino, me dijeron, jugaba en Europa y algunos aseguraban que sería el próximo Maradona. “¿Este pibe? ¿El próximo Maradona?”, respondió entonces esta incrédula cronista (perdónala, capitán, porque no sabía lo que hacía).
Le confié al taxista la anécdota. Se emocionó. “Qué país de grandes tenemos”, musitó, sin sospechar el triunfo de ensueño que nos aguardaba el martes. Al llegar a destino, insistió en regalarme el viaje. “Que viva la patria, nena. Ah, y gracias por dejarme fumar”.
Valeria Agis es periodista especializada en artes, con experiencia en medios de Argentina y Estados Unidos, en donde vivió durante casi una década.
