Un análisis de los contrastes productivos, sociales y geográficos que marcan la economía argentina bajo el gobierno de Javier Milei.
Las postales que retratan el desempeño de la economía argentina están siempre marcadas por el contraste y la dualidad. La actividad productiva muestra sectores que están creciendo aceleradamente (minería, energía, bancos), y otros que no encuentran un piso en su caída (textiles, calzados). Hay empresas que cierran (Fate) o que se van del país (Nissan), y marcas que anuncian su próximo desembarco (H&M). Nichos de bienes dolarizados que están en su mejor momento (autos de lujo) y alimentos básicos cuyo consumo retrocede (productos lácteos).
Surge entonces, inevitable, una pregunta absolutamente central para evaluar el proyecto económico de Javier Milei: ¿es la disparidad un rasgo intrínseco del modelo libertario, o constituye un desvío coyuntural? ¿Las asimetrías pueden representar una característica tan determinante para un programa económico, o en realidad sólo simbolizan la fase de transición hacia un estadio más evolucionado del plan?
Las respuestas a estos interrogantes son decisivas para el futuro del proyecto oficial, porque determinan si el Gobierno debe mantenerse prescindente de esas dinámicas o, si por el contrario, tiene que administrar de algún modo ese proceso.
Hasta ahora se pueden identificar tres tipos de asimetrías que tienen raíces profundas en el tiempo, pero que se visibilizaron como derivaciones propias del actual programa económico. Por un lado, la que surge de observar el desempeño dispar de los distintos sectores productivos, entre los que encontraron mayores facilidades en la apertura comercial y los que la padecen, y entre los que tienen una proyección global y los que dependen del mercado interno. La segunda marca divisoria emerge entre grupos sociales, con una clase alta y media alta que aceleró sus compras en dólares y que se beneficia con el tipo de cambio, y clases media-baja y baja que consumen menos y tienen dificultades importantes para llegar a fin de mes. Y la tercera bifurcación es la geográfica, con las regiones cordillerana (minería), patagónica (energía) y pampeana (campo) en un momento de prosperidad, y los conurbanos de las grandes ciudades, en particular el AMBA, con industrias deprimidas y consumos deteriorados. La nueva Argentina se está construyendo sobre estas tres líneas de fractura.
Se trata del intento de reconversión más profunda de la concepción del país desde que se agotó el modelo de sustitución de importaciones a mediados de los 70. Es el experimento más ambicioso porque apunta a trasladar el epicentro productivo de la era industrial a zonas determinadas por los recursos naturales. También porque asume que la competitividad es la única fuerza organizadora de la matriz productiva, en donde cualquier esquema de compensación es considerada una adulteración distorsiva. Y además porque lleva implícita una lógica de restauración individual que desafía la tradición igualitaria que caracterizó al país desde el siglo XX, un orden en el cual la libertad personal representa un valor superior al de la realización comunitaria.
Las asimetrías entre los diferentes sectores productivos empezaron a intuirse en los primeros dos años de gestión libertaria como un fenómeno emergente, pero ahora se están cristalizando como un rasgo estructural. La última medición del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) que se conoció esta semana fue una demostración muy clara. El informe correspondiente a febrero exhibió una caída general de la actividad del 2,1% interanual, y de 2,6% respecto de enero. Una nueva señal de que el primer trimestre ha sido muy árido para la economía argentina.
Sin embargo, lo que más llama la atención es la disparidad absoluta entre los distintos rubros relevados. Por un lado, aparecen los ganadores: la pesca subió el 14,8% interanual, la minería 9,9%, la agricultura el 8,4% y los bancos el 6,6%. Por el otro, los perdedores: la industria manufacturera, con una caída interanual de 8,7%, y el comercio con un retroceso del 7%. Es decir, de un extremo a otro hay diferencias de más de 20 puntos de actividad. Es un paisaje que se tornó habitual, aunque no esté claro hasta qué punto es sustentable en el tiempo, porque como señaló Carlos Melconian en su reciente columna en La Nación, mientras el sector ganador “apenas araña el 20% de la economía”, el perdedor “ronda el 50% del PBI”. Por eso desestima la idea de una economía en dos velocidades, “porque da una idea de simetría”, y prefiere hablar de una “fragmentación regresiva”.
Para algunos analistas, la Argentina es un claro ejemplo de lo que se conoce como “la enfermedad holandesa” (Dutch Disease), que es un fenómeno económico que se genera como consecuencia de un aumento repentino en los ingresos de divisas (generalmente por el hallazgo de recursos naturales como gas o petróleo), que termina perjudicando al resto de los sectores productivos del país, especialmente a la industria. El término deriva del caso de los Países Bajos en los años 70, cuando el descubrimiento de grandes yacimientos de gas natural enriqueció al país pero perjudicó a su sector manufacturero.
